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Panamericana

La gente anda diciendo, desde hace ya un tiempo, que en la panamericana rompen vidrios. Que los pibes se esconden atrás de los árboles y desde ahí tiran piedras. Un taxista me dijo también una vez que estos mismos pibes tiran con pistolas o escopetas que les roban a sus viejos, que nunca están en casa. Si los pibes embocan, te rompen un vidrio. Dicen que la gran mayoría de la gente, de haberle pasado algo así, tira el auto contra la banquina para ver que mierda fue lo que se les metió con tanta fuerza y precisión. Se bajan del auto alterados con una mano en la cabeza y la otra sosteniendo el celular para presenciar el primer mal viaje del día y poner esa cara de "solo a mi me pasan estas desgracias". Ahí es cuando el pibe o los pibes se acercan a robarles todo. Por eso tratan de romper autos de alta gama. Aunque si no me equivoco, también escuche que lo hacen solo por diversión, y es por eso que ya ni discriminan entre los autos buenos y los malos. Simplemente le tiran al azar, a ver si el auto choca, se frena, o sigue con esa angustia con la cual se mueve un recién herido.

Yo siempre tomé con cuidado y un poco de desconfianza este tipo de cuentos. En un país tan desigual como Argentina, donde unos metros separan la marginalidad radical de la riqueza ostentosa, es lógico que se creen mitos alrededor de los dos polos. Ambos viven apartados uno del otro, o al menos uno de los dos desea explícitamente estar lejos del otro. Y si no puede estar lejos, que por favor haya una gran reja que separe su bienestar de la vida trágica e insana de las villas. La figura del villero que sale en zapatillas y gorra a afanar es una suerte de cuco hiperrealista para algunos. Llega cuando menos te lo esperas y, como no tiene nada que perder, te mata por dos pesos (o la inexistencia de los mismos).

La semana pasada me paso a mí. No me mataron por los dos pesos, ni se me abalanzaron en la calle, pero si me tiraron el piedrazo ese del que todos hablaban. Manejaba con la ventana abierta a unos 120 kilómetros por hora. Iba escuchando el último disco de El Mato. Había puesto el primer tema por segunda vez en el viaje. Sonaba ese verso que dice 'cuidarte siempre a vos en la derrota, hasta el final del final' y yo pensaba en alguna mina inexistente a la cual me gustaría algún día cantarle esa frase tan hermosa y tan real. Cantaba en voz alta cuando un estruendo rompió con la armonía que tienen esos momentos suspendidos, donde uno se esta moviendo pero no son sus pies los que lo llevan.

PAM! El vidrio de atrás a mi izquierda cayéndose a pedacitos. Perdiendo, en una milésima de segundo, esa solidez que hasta hace un momento resguardaba mis reflexiones matutinas. Si el viento era otro, capaz le daba a mi ventana y yo me mataba. Miro a mi derecha y a mi izquierda y no veo nada. Mi auto se desbalancea un poco y el de atrás me toca la bocina como diciendo calmate no pasa nada, solo se te rompió el vidrio. Pero yo miro buscando el origen del proyectil. No hay ninguna piedra dentro del auto, y mucho menos un bala. Miro hacia el terreno de pasto que separa las dos autopistas, la que va a capital y la que va hacia el norte. Hay tres o cuatro árboles. Hay un bracito y una cara que se asoman a lo lejos. Reconozco que es un pibe, de entre once y quince años, tal vez más chico, tal vez más grande. No lo veo bien, pasa todo muy rápido y yo voy a 120. La música sigue sonando fuerte, pero ahora el viento entra como una ráfaga, los vidrios siguen desprendiéndose, yo estoy medio confundido. Para que mierda me rompió la ventana si ni siquiera puede robarme desde ese lado de la panamericana? Yo iba por el carril rápido, por lo tanto, de haber frenado, me hubiese ido hacia la derecha, al termino del carril lento. El pibe desde el terreno de pasto tendría que haber atravesado toda la panamericana corriendo, amagar cinco carriles de autos, todo esto sin que yo me de cuenta. Supongo que se estaba divirtiendo. Tal vez es una cosa que ellos hacen. Que algunos de ellos hacen. Y esta era su primera vez. O tal vez ya lo hizo varias veces. No se la verdad. Esas son cosas que nadie debería saber.

Me lo imagino los segundos antes, cuando me vio venir en el autito celeste, cantando. Debe haber pensado ESTE. Lo veo al pibe, apoyándose detrás del árbol, concentrado. Una gota de chivo nervioso cayéndole por el cachete. El sol molestando su visión mientras mira para atrás, en busca de algún cómplice que ratifique su travesura. Lo veo al pibe tirando la piedra. La piedra bordeando el viento a presión hasta entrar justo en la ventana izquierda del auto. El auto perdiendo el control por unas milésimas de segundo. El auto pasando de largo, como pasan de largo siempre los autos. El silencio del trafico y el pibe atravesando el terreno por entre las dos ramas de la panamericana. El terreno quedando en la sombras de la autopista que se eleva, mientras el pibe lo camina a paso rápido. El terreno convirtiéndose en pantano y después en un arroyo oculto abajo de la autopista. El pibe sacándose las zapatillas y sosteniéndolas en una mano, hundido hasta las rodillas en el arroyo. El agua bien fría. Los rayos del sol colándose por entre los espacios que dibuja la autopista elevada. La mañana de invierno, tan hermosa como la circunstancia supo permitir.

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